Lo mío no es la cocina.

No entiendo por qué me sigo empeñando en cocinar. Si no me gusta! Nada. Es más, lo odio. 

Pero aquí sigo, empecinada en hacer algo en la cocina para mis chicos, ya que estoy de vacaciones y paso algo de tiempo en casa, y así me luzco. Y además pongo en uso el tan útil libro de A Cociña de Larpeiros que muy sabiamente me regalaron los de casa cuando empezamos esto de nuestra vida juntos, porque ya veían de qué pie cojeaba yo. 



Y porque internet es muy mala, pero mucho. Y me pone delante cada día esas preciosas fotos que alguien un día decidió llamar de "still life", de maravillosos platos perfectos, cocinados en la cocina perfecta y con los colores perfectamente combinados... tanto que dicen "cómeme" y sobre todo dicen"cocíname", haciéndome pensar que la cocina es algo fácil y sobre todo, divertido. ¡¡Divertido, señores!!...nada más lejos.

El caso es que el día que decido cocinar, yo lo hago con todo el convencimiento, me levanto como con superpoderes y me creo que puedo con todo y que soy una supermamá. Y la cosa solo va en picado desde ese momento.

Planifico los ingredientes como si fueran una fórmula química y me preparo para asaltar el súper y que no falte de nada. Es una cuestión de control, el saber que lo tengo todo en la encimera y al alcance de la mano.


"Me falta el vino!", digo a voz en grito cuando ya tengo cebolla y pimientos pochando y a punto estoy de echar en la tartera el pescado. Ese que me ha llevado media vida limpiar porque la pescadera, que amablemente me lo ha cortado, no se dio cuenta de lo lleno que estaba de anisakis...y aquí la menda se ha pasado la última media hora limpiando bichitos así, calladita, calladita para no estropearle el manjar a sus chicos...

Y sin ese vasito de albariño no es lo mismo, no señor. Así que ahí baja al súper (otra vez!) el padre de la criatura a por el vino y de paso, a acallar los rumores que circulan por el local y que dicen que su mujer es una cabeza hueca porque "acaban de estar ellos aquí, eh?", le dice la del embutido. El pobre responde como puede y muy caballerosamente que sí, que ya sabe, que me quedaron un par de cositas atrás...

Y así se va haciendo la cosa finalmente, poquito a poquito y con amor.

Pero es agosto... hace calor y en mi cocina pega el sol toda la mañana que no veas, así que acabo sudando como un pollo, oliendo a pescado y sin hambre, porque de tanto oler comida se me ha quitado (igual los bichitos tuvieron algo que ver)... Y el churumbel no para de entrar y salir en la cocina, porque claro, su padre ha tenido que bajar al súper de urgencia y no puede frenarlo, y la campana extractora hace un ruido del demonio....aaaaarrrrrrggggggg!!!!

Así que cuando por fin pongo el plato en la mesa, los platos, que ahora somos tres, y el churumbel dice aquello de no quero y sólo acepta comer patatas fritas...(que me han quedado de muerte, he de decirlo, pero...a quien no le salen bien las patatas fritas?)...yo me rindo.

Y me lo como todo, eso sí, que está bien rico, y gracias a dios el padre de la criatura se deshace en elogios...pero ya estoy como de mal humor, acalorada y con ganas de lavarme el pelo para sacarme el olor a cocina...

Así que no me compensa.

Porque hay que ser realistas: no me gusta cocinar. Y total, ¿para qué?. Con la de sitios que hay para comer rico y bien y sin despeinarse!

Así que me juro que no vuelvo a cocinar, que lo hagan aquellos que lo disfruten, que no a todos se nos tiene que dar bien, no?

Pero siempre se cruza en mi camino un nuevo plato que me apetece experimentar (porque claro, a una le gusta comer bien...) y siempre vuelvo a caer... y siempre, siempre llego a la misma conclusión: la cocina no es lo mío.

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